En este artículo desarrollamos –de la forma más breve posible– el tema de los transgénicos, sus beneficios y riesgos. Te exponemos y rebatimos algunos de sus argumentos en contra; los beneficios de esta tecnología, y algunos de los argumentos válidos que cuestionan las prácticas de la agroindustria de los alimentos y los transgénicos.
La ingeniería genética es la manipulación, alteración y recombinación artificial de ADN u otras moléculas de ácido nucleico para modificar un organismo o una población de organismos.

Una de las técnicas utilizadas en la ingeniería genética es la «tecnología de ADN recombinante» que consiste en aislar y manipular un fragmento de ADN proveniente de una especie para combinarlo con el ADN de otra especie.
Lo anterior produce un «organismo genéticamente modificado» o «transgénico».

Los transgénicos se utilizan en muchas áreas. En la medicina –por ejemplo– se acepta ampliamente el uso de «insulina genéticamente modificada».
Sin embargo, los transgénicos son probablemente uno de los productos más polémicos de la ingeniería genética.
El debate parece ser más intenso con el empleo o producción de transgénicos en la industria de los alimentos y la agricultura.
Los humanos han estado modificando genéticamente plantas y animales durante miles de años. Es decir, han seleccionando y cruzado plantas y animales con características benéficas o deseables.
Estas “características” son, por supuesto, una «expresión de los genes».

Con cada generación, esos genes se fueron pronunciando más para lograr razas de animales o variedades de plantas muy distintas a las que se encontraban en la naturaleza antes de su domesticación o cultivo.
Pero obtener resultados exitosos, con la «selección artificial» y la cruza, puede trascender una vida humana. Es decir, a veces se requiere muchísimo tiempo.

En mesoamérica, por ejemplo, los pueblos originales dedicaron el esfuerzo de varias generaciones de agricultores ancestrales para desarrollar la mazorca del maíz – como hoy la conocemos– a partir del «teocintle» o maíz silvestre.

Por otro lado, con el empleo de técnicas tradicionales es muy difícil efectuar cambios específicos en las características de ciertos animales o cultivos.
En contraste, la ingeniería genética permite realizar cambios específicos y obtener excelentes resultados con mayor rapidez.
Hoy en día, la mayoría de los alimentos transgénicos disponibles son frutas y verduras. Algunos se comercializan probablemente desde antes que nacieras.
Como dato, el primer alimento transgénico fue una variedad de tomate que apareció en el mercado en 1994.

Pero entonces, ¿por qué la gente aún se preocupa? ¿son malos los transgénicos?
Empecemos con una de las objeciones más comunes hacia los transgénicos: el «flujo de genes».

En este contexto, por «flujo de genes» entendemos la posibilidad de que cultivos transgénicos se crucen o polinicen con cultivos tradicionales. Eso podría introducir características no deseadas en estos últimos.

Existe un método que quizá pueda garantizar la prevención completa de este problema: cultivos transgénicos con «genes para semillas estériles».

De esta forma, una cruza accidental entre transgénicos y variedades no transgénicas sería incapaz de producir descendencia que pudiera incrementar el flujo genético no deseado.

Sin embargo, este método también resulta un argumento habitual de los anti-transgénicos. ¿Por qué?

Este es un argumento socio- económico, porque los agricultures que plantan una variedad transgénica de semillas infértiles se verían obligados a comprar semillas cada año.
Lo anterior ha propiciado la protesta pública en contra de las semillas estériles lo que a su vez ha detenido la implementación de esta tecnología.

Esto nos lleva de nuevo al flujo de genes o a la propagación no intencionada de ADN modificado.


Resulta cierto que se han registrado trazos de genes modificados en cultivos alejados de plantaciones transgénicas; y también se han encontrado transgénicos creciendo donde no fueron plantados.
Sin embargo, debe señalarse que las plantas transgénicas no prosperan totalmente como plantas silvestres ni logran mezclarse enteramente con ellas u otros cultivos tradicionales.
Esto es así por varias razones; entre ellas, que muchas plantas se polinizan a sí mimas y generalmente deben estar emparentadas para mezclarse.

Pero además de lo anterior, también existen contramedidas o «controles culturales», como «zonas de amortiguamiento» o barreras, que pueden implementarse para mantener al mínimo la «polinización cruzada».

Además de lo ya expuesto, existe una preocupación que puede ser más relevante para nuestra vida diaria y que podemos expresar con la siguiente pregunta:
¿Son malos los alimentos que contienen transgénicos o que provienen de ellos?
Las plantas transgénicas que están destinadas para alimento se examinan y evalúan por múltiples agencias en búsqueda de posibles peligros.
Después de más de 30 años y miles de estudios, la ciencia tiene un veredicto:
Comer alimentos derivados de plantas genéticamente modificadas no implica mayor riesgo que comer alimentos de plantas no modificadas

¿Pero qué pasa con las plantas que han sido modificadas de manera genética para ser tóxicas?

En los llamados «cultivos BT», por ejemplo, existe un gen que se tomó prestado de la bacteria Bacillus thuringiensis.

Este gen permite que las plantas modificadas produzcan una proteína que destruye el sistema digestivo de plagas de insectos específicas.

Los cultivos BT son útiles en el control de plagas, pero también causan preocupación.
Verás, los pesticidas químicos –que tampoco gozan de buena fama– se pulverizan sobre los cultivos. Tú como consumidor puedes eliminar el pesticida de la superficie de frutas y verduras simplemente al enjuagarlos con un chorro de agua.
En cambio, el veneno de los «cultivos BT» se encuentra en su composición interna.

Pero esto realmente no es un gran problema. Algo que es mortal para una especie puede ser inocuo para otra.
El chocolate, por ejemplo, puede ser tóxico para los perros pero comerlo es inofensivo y placentero para nosotros.
En este sentido, los «cultivos BT» producen una proteína que –de manera específica– solo afecta el tracto digestivo de ciertos insectos y se considera completamente inofensiva para los humanos.

Ahora bien, otro enfoque para controlar plagas como malezas, es el cultivo de plantas transgénicas resistentes a herbicidas específicos como el «glifosato».

De esta forma, en cultivos transgénicos resistentes al glifosato el agricultor puede utilizar este herbicida de manera indiscriminada sin dañar su valiosa siembra.

En comparación con otros herbicidas, el glifosato resulta menos tóxico para las personas.
¿Suena genial, cierto?

No obstante, el uso del glifosato, junto con cultivos transgénicos resistentes a él, genera un fuerte incentivo para que los agricultores dependan de este método.
Esta dependencia representa un gran negocio para la industria de los pesticidas y los transgénicos.

En consecuencia, las compañías que producen el glifosato y los cultivos que lo resisten, tienen el incentivo de promover este método sobre otras alternativas para el control de malezas.
Esta situación se agudiza cuando una compañía, o un grupo selecto de compañías, tienen el monopolio en la oferta de ambas tecnologías.

Esto pone en evidencia que el problema fundamental en el uso de los transgénicos es principalmente un problema de carácter socioeconómico.

Si decides investigar el tema por tu cuenta, notarás que, en esencia, la mayoría de argumentos válidos en contra de los transgénicos realmente son una crítica a los métodos de la agricultura moderna así como a ciertas prácticas de las compañías que los producen o que participan en la industria de los alimentos.
Es por ello que, en general, se plantea seguir avanzando hacia un modelo de agricultura cada vez más «sostenible».
En ese camino, la tecnología de los transgénicos puede ser un aliado más que un enemigo.
Pero, y tú, ¿qué piensas?



